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Visitar actualmente la ciudad de Elvas es una apasionada aventura. Si
dejamos el automóvil en las afueras, antes de entrar en el casco antiguo, y
nos adentramos en la población por alguno de sus caminos cubiertos, camino
de alguna de sus puertas fortificadas, viviremos la sensación de retroceder
en el tiempo, de situarnos en el siglo XVII y vivir las sensaciones de
aquella época. Las garitas y puestos de guardia, los revellines, sus fosos y
cañoneras, parecen animarse. Podremos escuchar el ruido de las armas, el
paso rítmico de los pelotones de soldados, al tiempo que se escucha el santo
y seña de los relevos. Nos es difícil imaginarse el ruido atronador de sus
cañones disparando al unísono, el olor a pólvora, las arengas y los gritos
de los heridos. |
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Pero la ciudad es hoy un remanso de paz y de silencio, que contrasta con una
población viva que trabajo en la paz de cada día. Sus calles estrechas y
empinadas, sus plazas recoletas sembradas de escudos nobiliarios y
salpicadas de fuentes, nos asombran en cada rincón.
Las fuentes de
Elvas. las primitivas regadas por el Acueducto de Amoreira y las
modernas, que adornan las rotondas que distribuyen las entradas de la
ciudad. Se muestran aquí ambas, como simbolo de una ciudad que ha crecido a
lo largo del tiempo, sabiendo respetar como pocas el pasado y el
presente. La historia y la actualidad. |